📬 Los objetos que anclan nuestros recuerdos.
Quizá recuerdan en Hombres de Negro ese aparato de luz roja que borraba de la memoria cualquier evento en el que extraterrestres y agentes terminaban irrumpiendo en el día de un inocente. Un flash, y listo: ese momento deja de existir para esa persona. Solo ese momento, solo para ese desafortunado.
Lo potente del libro que estamos leyendo esta semana es que aquí no se borra un evento. Se borra un objeto. Para todos. Al mismo tiempo.
Un día ya no existen las rosas. Otro día, los pájaros. Las fotografías. Los libros. Y no puedes lamentarte por ellos porque en realidad ni siquiera recuerdas que existieron. Sientes un hueco que no tiene nombre porque la palabra que lo nombraba también desapareció. No es nostalgia, porque ya nunca será parte de tu vida. Es un vacío, una incertidumbre.
Se llama La Policía de la Memoria, de Yoko Ogawa. Y desde que lo empezamos, los tres —Ángel, Claudia y Frank (la gata)— no hemos podido dejar de pensar en una sola pregunta.
¿Qué le pasa a un recuerdo sin su objeto?
La mujer que narra la historia pierde a su padre. Él era un observador de aves. Un día dejan de existir los pájaros. Ella lo recuerda a él, pero no tiene ningún momento con él que involucre a los pájaros. Solo sabe que miraban al cielo juntos, sin poder recordar qué veían ni de qué hablaban.
¿Fotografías? Ahí es donde entra la Policía de la Memoria: irrumpiendo en casas, buscando fotografías, videos, dibujos, estatuas, insignias, cualquier cosa con un pájaro, para destruirla.
Piensa en una memoria tuya. Una con alguien que aprecias, de esas que cuando se reencuentran vuelven a contar. Ahora fíjate en cuánto de ese recuerdo tiene que ver con un objeto. Un reloj. Tortillas, manzanas, chocolates. Algún olor, porque dejaron de existir los perfumes. O una canción, porque ya no existen las guitarras ni los tocadiscos.
¿En qué se convierte ese recuerdo si el objeto desaparece? ¿Cómo puedes tener nostalgia por algo a medias?
El recuerdo prestado
Hay algo que sí pasa en la vida real y que el libro nos hizo notar: a veces uno olvida, pero la otra persona recuerda. Y te cuenta tu propia experiencia. Te acompaña a recuperarla, incluso con humor. Se vuelve una segunda manera de vivir algo. Un recuerdo prestado. Ese momento de: es verdad, ya me acordé. Es una satisfacción difícil de explicar, pero que todos hemos sentido y entendemos.
Pero en la isla de este libro eso no es posible. Todos olvidan. No hay nadie que te cuente de vuelta lo que perdiste. No hay segunda oportunidad. —Bueno, la verdad es que sí la hay, pero no quiero contarles mucho. Deberían leerlo.—
Sin prisa, pero no indiferentes
Estamos en el 25% de la lectura, cada quien en su respectiva aplicación. En este punto otros libros nos han volado la cabeza, nos han confundido, nos han enojado de lo malos que son. Este nos ha mantenido tranquilos, pero no indiferentes. Es peculiar.
Lo que más nos ha gustado hasta el momento es lo reflexivo que es el concepto, pero sin perder el ritmo de la historia. Hay eventos, personajes y conflictos que no se detienen para esperar la reflexión a la que el libro quiere que lleguemos. Es una lectura reflexiva pero con acción.
Como si estuviéramos entendiendo a la narradora y simplemente nos quedáramos pensando en ella. Sin urgencia de saber qué sigue. Solo acompañándola.
Estamos en un momento clave de la lectura. Muchos libros aquí caen en lo repetitivo. Otros es donde dan el gran giro. Ya contaremos que pasa.
🌙 Ángel, Claudia y Frank 🐱
📌 Enlaces
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🎨 Canal de Claudia: Bitácora de Trazos Mágicos


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