Hoy quiero platicarte de algo que descubrí buscando consejos sobre cómo vivir del arte, y de cómo esos mismos consejos me fueron haciendo el proceso más difícil. Porque cuando publicas tu primera pieza, tu primer cuaderno, tu primer libro, cada segundo que te tardas en sacar el siguiente se siente como si te estuvieran juzgando por no ser una artista "de verdad".
Al menos eso creíamos al principio en el taller. Este texto es un poco para romper ese mito.
El mito de la productividad constante
Nos hemos acostumbrado a que hay que publicar algo todos los días, algo diferente, algo llamativo. Hace poco se volvió viral una tendencia en BookTok que recomendaba leer solo los diálogos de un libro, porque para qué leer "el relleno" si con los diálogos ya entiendes la historia. Tardarte un mes en el mismo libro significa que vas a estar hablando de lo mismo por un mes, y eso "no se ve bien" en un feed.
El mismo mito aplica a cualquier disciplina creativa, incluida la ilustración: escribe todos los días, dibuja todos los días, agranda tu catálogo, publica todo el tiempo. Entiendo de dónde viene el consejo, tiene su lógica, pero muchas veces no es compatible con el proceso real de cada quien.
El ejemplo que nos cambió la perspectiva en el taller
Ángel, mi compañero en este proyecto, tardó cuatro años en publicar nuestro primer libro, La Última Invitación. Y no fueron cuatro años sentado escribiendo sin parar: hace cuatro años hubo una idea, al principio un guion para una animación, y esa idea fue evolucionando hasta convertirse en el cuento ilustrado que es hoy. Ahora, con seis meses sin publicar un segundo libro, la culpa aparece como si eso fuera un fracaso. Y nos dimos cuenta de que eso es absurdo.
Buscando cómo escribir mejor y más rápido, Ángel se topó con algo que no conocíamos: Juan Rulfo publicó primero El Llano en Llamas, una colección de cuentos, en 1953. Dos años después llegó Pedro Páramo, hoy considerada una de las novelas más importantes en español del siglo XX. Los cuentos no fueron un paso menor: ahí construyó su voz, y sin ellos no existiría Pedro Páramo. Ray Bradbury escribió cuentos cortos durante años, uno a la semana, hasta que alguien le hizo notar que ya tenía material suficiente para una novela. Esa novela fue Fahrenheit 451.
Lo que estamos aprendiendo en el taller
Lo que llevamos del segundo libro va muy bien, y hemos mejorado muchísimo trabajando con calma en vez de a las prisas. Eso es evidencia de que con constancia, y con tiempo, se pueden hacer cosas buenas.
Y esto no aplica solo a escribir. En el taller pasa lo mismo con la ilustración, con los cuadernos hechos a mano, con cualquier pieza que sale a bazares: la presión de sacar algo nuevo constantemente puede bloquear un proceso que, de por sí, disfrutamos mucho. El miedo real no es tardarte, es que la falta de constancia haga que tu proyecto se pierda entre tanto contenido nuevo. La solución no es apurarte, es no dejar de hablar de lo que ya hiciste, seguir promoviéndolo con cariño, sin que te dé pena mencionarlo una y otra vez.
Escribir (o dibujar) lento, a propósito
Decidimos que vamos a trabajar lento, y no porque sea una filosofía de vida, sino porque si el primer libro tardó cuatro años y el resultado fue justo lo que queríamos, un segundo proyecto del que estemos igual de orgullosas necesita también su tiempo. Hay cosas que solo salen bien cuando les das eso: tiempo. Rulfo lo sabía, Bradbury lo sabía, y en el taller lo estamos aprendiendo.
Cuéntame si a ti también te ha pasado: que te pones presiones imaginarias, que sientes que tienes que demostrar que sí eres creativa produciendo sin parar, y que al final eso hace que tus proyectos salgan atropellados. Déjame un pincel en los comentarios si este texto te ayudó a soltar un poco esa presión.
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