Hoy no vino a trabajar Don Chuy

El correo de hoy viene algo diferente. Usualmente les comparto una especie de bitácora de vivencias familiares; lo inicié con la intención de hablar sobre nuestro trabajo y acercarme a ustedes de una manera menos frívola que en las redes sociales. Sin embargo, siendo honesto, aún no sé qué efecto ha tenido en ustedes.

Quizás, con el espíritu de buscar nuevas formas de conectar, encontremos en este formato algo distinto de qué conversar.

Se trata de ficciones cortas: ejercicios de escritura de una o máximo dos horas, contando la revisión. Espero con el tiempo ganar ritmo y construir historias más complejas en ese mismo lapso. De momento, aquí va la primera.

Marcaré con el subtítulo [Ejercicio de Escritura] en el asunto del correo, para que decidan si abrirlo o no ahora que saben qué esperar. Al final también dejaré unas breves reflexiones sobre el ejercicio, por si gustan comentar algo.


Alejandro era honesto, sencillo, de principios anticuados. Días atrás había asesinado a un anciano y estaba convencido de haber hecho lo correcto. Todas las noches, sin falta, sintonizaba el Canal Dos en su televisor. Consideraba a los programas de concursos como bobos; además, como de joven quiso ser escritor, sabía bien que las televisoras producían este tipo de programas sin contratar a guionistas. Le daba mucho coraje presenciar cómo poco a poco sustituían cada uno de sus programas favoritos por un nuevo programa de concursos. Aun así los miraba invariablemente, uno diferente cada día de la semana.

Mientras el conductor hacía una pregunta al participante, Alejandro revisaba sus manos para asegurarse una vez más de que había tallado bien la sangre de las uñas. Escuchaba la respuesta del concursante y asentía; él hubiera contestado lo mismo. Después de eso levantaba las suelas de sus zapatos, también las inspeccionaba. Se repetía a sí mismo que había hecho lo correcto, que si la policía tocara a su puerta, él les abriría con gusto, sin perder la calma, con la disposición de responder sus preguntas. Cualquier agente de la ley entendería y lo dejaría ir con una advertencia, pensaba. Sin embargo, no había necesidad de arriesgarse; faltaban algunos días para su cumpleaños y no quería dejar plantado a su sobrino por ir a la cárcel.

Su trabajo era aburrido, pero le daba tiempo de sobra para escribir. De no ser por eso, hubiera renunciado hacía mucho; tenía una novela en proceso y lo peor que podía hacer entonces era sufrir el estrés de comenzar en otro empleo con una rutina distinta. Uno a uno, sus compañeros se retiraban; para cuando la luz del sol se había ido, solo quedaban él y dos colegas más. A esa hora solía llegar el personal de limpieza. Alejandro sostenía un chocolate que tenía pensado regalar al intendente; había olvidado que lo había matado y que aquel era el primer viernes sin que el hombre se acercara a hacer el aseo de su espacio.

El domingo siguiente disfrutó de una buena hamburguesa, acompañada de una bebida helada, junto a su sobrino. Había esperado ese día desde hacía unas semanas, para celebrar su cumpleaños número treinta y seis. Religiosamente, desde que nació su sobrino, devoraban comida chatarra y jugaban maquinitas en el salón de videojuegos. A falta de amigos, Alejandro pasaba el festejo con el pequeño. Al tomar la pistola de agua, la de la máquina de ahogar topos que tanto les divertía, pensó en lo liviana que se sentía. Recordó el peso de un arma real y le incomodó conocer las diferencias. Le pidió al niño no molestarlo, a cambio de quedarse hasta que se cansara. Salieron hasta que el lugar cerró.

Un intendente podía pasar desapercibido para los oficinistas por unos días, pero los rumores comenzaron a llegar inevitablemente. El rostro de preocupación del resto de la oficina le hacía pensar que habían descubierto la identidad del asesino. Dejó su mochila en el suelo, se quitó la chamarra, cubrió la silla con ella, saludó con la mirada al colega de al lado y se propuso ir por una taza de café al comedor.

—No puedo creerlo —dijo uno de los empleados.

—Aún no entiendo qué está pasando —siguió Alejandro.

—Martha y Sofía están peleando. De un día para otro dejó de venir Don Chuy y ahora las dos le piden al gerente que contrate a alguien: Martha, a su hermana; Sofía, a su cuñado —explicó preocupado el hombre.

—¿Eso es todo? —preguntó confundido.

—¿Te parece poco? —replicó alarmado—. Las dos se acuestan con el jefe y ninguna sabe de la otra, pero la oficina entera sí. Y cada una amenaza con contarle todo a la esposa si no contrata a su familiar. No tiene por dónde. Está tan estresado y enojado que hará auditoria sorpresa.

El resto de la jornada transcurrió sin más incidentes. Alejandro sentía alivio, pero también curiosidad. Le intrigaba cómo nadie podía haberse dado cuenta que el pobre Don Chuy estaba muerto. Era puntual: cada lunes, miércoles y viernes llegaba unos minutos antes, saludaba a todos y pasaba al baño a terminar de arreglarse. Llevaba al menos cuatro años ahí; Alejandro lo ubicaba desde su primer día de labores y ocasionalmente intercambiaban algún dulce o chocolate. Llegado otro viernes sin que nadie notara la ausencia del señor de la limpieza, Alejandro se convenció de que los demás eran los monstruos, no él.

Por supuesto, eso no le quitaba la responsabilidad a Don Chuy. Venir armado a la oficina y entrar al área de contabilidad era un delito. Ese día, después de regresar por un cuaderno que había dejado olvidado en su escritorio, Alejandro se convirtió en asesino. El intendente colocó el arma a su costado, en el suelo, para poder agacharse y pegar la oreja bien cerca de la caja fuerte. Estaba tan concentrado en abrirla que ni cuenta se dio cuando por detrás le dispararon. Fue un accidente; Alejandro solo quería levantar el arma, pero apretó el gatillo.

Sirvió una taza de café, después de dejar las cosas en su escritorio. Un lunes tranquilo como cualquier otro. Ni la policía, ni el gerente, nadie preguntaba por el hombre desaparecido.

—¿Tienes el reporte, Alejandro? —preguntó su colega, Martha.

Tardó tanto en contestar que incluso otros empleados voltearon a verlo.

—Te hablan —dijo uno de ellos.

Pero nada.

—¿Saben qué? —preguntó finalmente Alejandro—. Estoy harto.

Se levantó, tomó su chamarra y se la echó encima. Todos lo miraban fijamente.

—Te dije: se acostaba con Martha. Se va a pelear con el gerente —murmuró un empleado.

—Si continúo en este lugar, me voy a hacer viejo en un lugar en el que no le importo a nadie. Voy a morir y ni van a notarlo. ¡Ah! Y no me lo agradezcan: la quincena que recibirán hoy, sin problemas, es gracias a mí —dijo enojado.

Se miraban desconcertados unos a otros, angustiados por lo que dijo de la quincena. No entendían qué pasaba, pero si se trataba de su dinero, más valía escuchar bien.

—¿Qué pasa con nuestra quincena? —gritó uno desde el fondo.

Alejandro terminó de guardar sus cosas, le entregó a Martha el reporte y se fue.

—Mi hermano está buscando empleo —gritó el mismo hombre desde el fondo.

Al llegar a casa, quitó las baterías del control remoto. Esa noche no vería televisión. Se propuso tomarse en serio la escritura; sobre todo ahora que no tenía trabajo, había que buscarse algo que hacer.

—Solo necesito algo interesante que contar —se dijo, frente a la página en blanco.


Unas notas finales sobre el ejercicio

¡Espero que lo hayan disfrutado!

Mi meta actual es dedicar al menos una hora diaria a escribir. Hasta hoy cumplo una semana constante (lo que equivale a siete textos breves). Algunos salieron mejores que otros y ninguno tiene el propósito de convertirse en un libro; son ejercicios sencillos para construir el hábito y agilizar la pluma. Este fue el que me pareció más presentable de la semana y por eso quise compartirlo con ustedes.

Aprovechando el espacio, les cuento que por fin logré terminar de leer tres libros que tenía a medias desde hace tiempo. Tengo ese mal hábito de engancharme, avanzar hasta la mitad o faltándome un tercio, y abandonarlos. Me he propuesto romper ese ciclo, así que recientemente concluí Almendra, las novelas gráficas de Wynd, Las crónicas de Spiderwick y revisité el primer libro de Harry Potter.

¿Han leído alguno de ellos o tienen algún hábito de lectura similar? Me encantaría leer sus comentarios si gustan conversar al respecto.

¡Nos leemos pronto!

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