El mes comenzó con una lectura que prometía ser muy entretenida. Cuando la propusieron en el club, me dejé llevar por la portada: moderna, dinámica, con esa temática espacial que hacía rato no visitaba ni en películas. No estaba solo, porque por algo ganó la votación. A la semana ya estaba harto. Hoy se cumplen dos semanas y decidí empezar otra lectura para borrarme el aburrimiento.
Espero no borrarlo de más. Estoy leyendo The Bourne Identity.
🎬 El escritorio que dice más de lo que parece
En mi escritorio, junto a la pantalla, tengo algunas cajas de DVDs, más que nada decorativas. Si se me antoja ver alguna, es seguro que mi instinto sería ir a buscarla en Netflix. Ahí están la primera temporada de Stranger Things (la única temporada buena), Amelia, varias de Christopher Nolan y la trilogía de Bourne.
No es precisamente la colección Criterion que me gustaría tener, pero sí dice mucho de mí.
El hilo que une mi lectura de Project Hail Mary con Bourne es la amnesia. En la primera, un hombre despierta en el espacio sin recordar quién es, dónde está ni cuál se supone que sea su misión. En la segunda, que seguramente les resulta más familiar porque la repiten cada domingo en Canal 5, la historia es parecida, pero con menos ciencia y más persecuciones en París.
📖 Una confesión que lleva tiempo pendiente
Contrario a lo que algunas personas creen —porque me he dado a la tarea de hacérselos creer— no soy un gran lector. O más bien: no lo era. De eso tiene poco, mediados del año pasado, que me propuse leer al menos 30 minutos diarios. Me uní al club de lectura por eso, pero ahora ya comienzo a buscar mis propias lecturas, como esta última que nació de pura curiosidad.
Y esta semana, por primera vez, viví algo de lo que había escuchado hablar toda la vida, pero nunca había experimentado en carne propia: el libro es mejor que la película.
¡Y de una de mis películas favoritas!
Hay una escena. Bourne acaba de salir del banco. Todo transcurrió bien, demasiado bien. Aprieta el botón del ascensor. La puerta se abre. Entra de espaldas. Y justo en ese momento, desde su ángulo visual, percibe movimiento: Koenig levanta la cabeza y hace una señal discreta a dos hombres en la sala. Uno saca un pequeño transmisor del bolsillo y habla en él, breve y rápido. El otro tiene la mano oculta bajo el impermeable. Cuando la saca, sostiene una pistola calibre 38 con silenciador. Los dos se acercan a él y, mientras las puertas del ascensor se cierran, se voltean a ver.
“Comenzó la locura.”
Eso dice el libro. Tres palabras después de varios párrafos que construyen la tensión con una precisión quirúrgica. Y lo fascinante —o lo irónico, según se vea— es que en la película esa misma escena dura tal vez tres segundos y parece no ser gran cosa. No es queja. Disfruto tanto la película que la revisito cada cierto tiempo, la trilogía completa. Es más bien una observación de cómo las adaptaciones, las buenas, saben qué dejar, qué apresurar, qué acentuar, qué quitar y qué combinar para hacerla ideal para la experiencia cinematográfica.
Sé que no estoy descubriendo el hilo negro.
📺 Los libros que parecen guiones (y por qué eso me inquieta)
Este mes lo vivimos con Cumbres borrascosas: la mitad de las redes estaban inundadas de indignación por la diferencia entre el libro y sus adaptaciones. Pero yo, que llevo poco siendo amigo del hábito de la lectura, apenas esta semana lo experimenté por primera vez.
Y eso me llevó a una reflexión. Una a la que no me tomó mucho tiempo llegar, pero de la que disfruto hablar, sobre todo porque mi pasión siempre creí que era el cine. Ahora descubro que es contar historias, que no es lo mismo.
Los libros de ahora parecen guiones.
Es como si en algún momento los escritores hubieran tenido que decidir entre querer ser escritores o querer ser escritores famosos que no mueran de hambre. Y si decides lo segundo, escribes pensando en la adaptación. Escribes un libro que pueda adaptarse fácilmente, y digo entre comillas porque creo que un buen cineasta disfrutaría del reto de lograr una buena adaptación. Pero los productores, supongo, prefieren minimizar riesgos. Que el libro les cuente exactamente cómo se verá, cómo sonará, que puedan imaginarse qué actor es cada personaje. Y si resulta que a la mayoría le gustó el libro, entonces hacen la película. Pero que no le muevan nada, porque ya se comprobó que funciona.
Project Hail Mary se siente así. No porque sea mala, no exactamente. Sino porque se lee como un borrador de algo que siempre estuvo pensado para la pantalla. Y eso cansa de una manera muy particular, que es difícil de explicar hasta que lo vives.
Hay una parte de mí, la del señor gruñón, que siente que las cosas ya no son como antes, que está seguro de que Los Juegos del Hambre, Soy el Número 4 y Harry Potter no se sentían así. Los leí en su momento, y siento que incluso entonces, sin ser un gran lector, pude disfrutar de un libro, no de un guion. Habrá que revisitarlos para saber si lo estoy imaginando, o si algo cambió, o si fui yo el que cambió.
Quizá las tres.
🌙 Antes de irme
Si alguien por aquí tiene recomendaciones de libros que claramente no fueron escritos pensando en una adaptación, me interesa mucho saberlo. Especialmente novelas gráficas, pero no exclusivamente.
Nos vemos el próximo mes.
—Ángel
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P.D. —Seguimos en el club de lectura. El mes que viene les cuento qué leímos y cuánto me quejé.

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